1.1
El
método científico y las propiedades de la Naturaleza como discurso en las Artes
Visuales
En toda cultura, el trabajo artístico es considerado un elemento primordial en la trascendencia de la misma. A través del arte y sus múltiples caminos podemos conocer la historia de civilizaciones ya inexistentes, que han dejado plasmada su huella e impresión del mundo vivido. Las tradiciones y costumbres de un grupo humano son factores que posibilitan la evolución de toda la estructura social que los cobija y determina. Desde la más remota de las tribus Selk’nam (exterminada), hasta la más cosmopolita de las ciudades contemporáneas, toda comunidad alberga a mayor o menor escala, su propia concentración de recursos estéticos y simbólicos que le posibilitan reflejar su pensamiento y emoción acerca del mundo y sus aprendizajes en él. Lo que podamos decir o no de un grupo estudiado, será concluido desde las características que éste mismo nos entregue y de lo que alcancemos a percibir de sus costumbres.
La
cultura es todo lo que hace el hombre, es toda su historia y todas sus
consecuencias. Como seres con la facultad de elegir, somos todos responsables
de nuestros actos y estamos destinados a seguir un orden estricto de
prioridades, leyes y responsabilidades creadas a partir de nuestro aprendizaje
con el medio que nos rodea, el contexto y el entorno.
Podemos
decir que el arte hoy, tiene una relación estrecha con la naturaleza, que no
puede seguir siendo entendida como una mera contemplación, expresión o
asimilación de la misma. Esta relación “debe de ser entendida como el estado de
relación entre el ser humano y el planeta Tierra, como una condición, a través
de la cual cae una potente serie de determinaciones en el ámbito artístico. La
acción es la protagonista al momento de determinar el vínculo de todo ser
humano con la naturaleza, excediendo con mucho, en número, imprevisibilidad y
variedad de consecuencias a la realidad testimonial del arte”.
A demás,
existe una multitud de modificaciones y acciones menos llamativas, realizadas
por el hombre en la naturaleza, que tienen un menor impacto en términos de
conciencia, pero sin embargo configuran una parte importante de nuestra actitud
cultural en el mundo. Podemos decir incluso que es un efecto invisible en el
propio ser humano, algo perteneciente a su adaptación a un “siempre renovado
ecosistema”, que incluye la incapacidad de sorprenderse ante sus actos, el
hecho de aceptar las propias modificaciones en el medio con total naturalidad y
una casi imposibilidad de alcanzar un punto de contraste donde se asuma la
acción sobre la naturaleza como una actitud humana primordial o indiscutible
hacia ella. Un acto de pasividad peligroso cuando todo esto ocurre frente a
nosotros.
Es
así como históricamente podemos ver un interés reflexivo en todo lo que se
encuentre alrededor nuestro. Pero cabe señalar la importancia que esto ha
tenido para la investigación artística, posterior a esta época de culturas
precolombinas.
En toda cultura, el trabajo artístico es considerado un elemento primordial en la trascendencia de la misma. A través del arte y sus múltiples caminos podemos conocer la historia de civilizaciones ya inexistentes, que han dejado plasmada su huella e impresión del mundo vivido. Las tradiciones y costumbres de un grupo humano son factores que posibilitan la evolución de toda la estructura social que los cobija y determina. Desde la más remota de las tribus Selk’nam (exterminada), hasta la más cosmopolita de las ciudades contemporáneas, toda comunidad alberga a mayor o menor escala, su propia concentración de recursos estéticos y simbólicos que le posibilitan reflejar su pensamiento y emoción acerca del mundo y sus aprendizajes en él. Lo que podamos decir o no de un grupo estudiado, será concluido desde las características que éste mismo nos entregue y de lo que alcancemos a percibir de sus costumbres.
La
relación entre los conceptos de naturaleza y cultura atravesó, durante el siglo
XX, profundas transformaciones o cambios de valor, que son bastante
representativos del estado general del pensamiento contemporáneo. Cuando existe
una sociedad preocupada del medioambiente, existe una sociedad interesada en el
cuidado de la salud de todos los integrantes de la misma. Cuando el
medioambiente se enferma, también formamos parte de esa enfermedad. El cuerpo
que se enferma es un cuerpo social y el lugar donde la enfermedad crece es el
hábitat.
Para
entender mejor esta idea, revisaremos algunos ejemplos. Resulta fácil encontrar
referencias artísticas entorno a las manifestaciones visibles que son objeto
frecuente de la retórica de la catástrofe, en los medios de comunicación:
envenenamiento de los ríos, vertidos tóxicos producto de accidentes
industriales, mareas negras, incendios forestales e inundaciones, etc. Pero hay
muchas acciones humanas menos rentables en la portada de un diario o en el
titular de un noticiero. Hay muchas otras acciones que son más propias de
estadísticas científicas, que escapan a la red testimonial del arte: las
rápidas operaciones de explotación forestal y agraria que desvanecen
ecosistemas milenarios y paisajes de naciones enteras, la siempre creciente
construcción y especulación en zonas no urbanizadas; las huellas y cicatrices
de los grandes proyectos, en infraestructuras como autopistas, embalses, líneas
ferroviarias, tendidos eléctricos; los innumerables vertidos clandestinos que
van a parar a los ríos, mares y tierras, etc.
Debemos
asumir entonces un reto durante esta investigación, abordando diferentes
momentos de la historia artística. Es probable que durante esta lectura nos
encontremos frente a diferentes puntos de vista que nos ayudarán a comprender
mejor el rol del arte frente a la naturaleza y enfrentaremos diversas expectativas
que se tiene entorno al trabajo artístico que propone desde una experiencia
estética, acercarnos al mundo de lo natural, al mundo de lo esencial.
En
este primer episodio nos dedicaremos al estudio de la naturaleza desde las
artes plásticas e intentaremos cumplir con el objetivo de reflexionar sobre la
problemática de la experiencia en la naturaleza, la experiencia estética que
hemos de comprobar una vez finalizada esta propuesta plástica.
1.1.1 La
Naturaleza como recurso pragmático cautivante
Durante
miles de años, el ser humano ha crecido rodeado de seres vivos. Hemos conocido
la gran diversidad de formas de vida, que hizo posible la armonía en todo lo
que podemos experimentar hasta el día de hoy. La Naturaleza y cada pequeño
ecosistema en ella, nos protege colabora con el resto de ecosistemas en un
orden esencial que merece mucho cuidado de parte nuestra; y depende de cada
sociedad, respetar las formas de vida y ejercer una correcta convivencia con
los demás integrantes de la tierra. No podríamos sino comenzar con un ejemplo
que merece toda nuestra atención.
La
comprensión de las diferentes especies que nos rodean, sus cualidades y
virtudes ha sido una de las más constantes y principales preocupaciones,
incluso para los primeros habitantes de la tierra, los habitantes de las
cavernas. Recordaremos una manifestación que se produjo hace miles de años en
un lugar del cono sur de nuestro continente.
Esta
claro que su preocupación no se limitaba
a las necesidades básicas de procreación, alimentación y cobijo; sino
que su vida además contemplaba el uso de recursos naturales con fines utilitarios,
simbólicos y estéticos. Para los habitantes de La cueva de las Manos,
posiblemente existió una motivación mágica y ritual para querer representar una
experiencia de vida en las paredes de un sitio habitado hace más de 9.000 años.
Para
nosotros lo importante de aquello es el hecho necesario de reconocer en este
descubrimiento algo que trasciende al valor técnico de la cueva pintada con
recursos precarios y motivos rupestres. Lo más interesante es que esta es una
experiencia colectiva y ritual dedicada a la naturaleza y que gracias a la
concepción de entorno de quienes se manifestaron en estos muros, como en otros
sitios arqueológicos americanos, el de Monte Verde
(Chile), Pedra Furada (Brasil), y Piedra
Museo (Argentina), se está cuestionando la tradicional teoría del poblamiento tardío de América,
para sostener una teoría del poblamiento temprano
(pre-Clovis). Es gracias a estas manifestaciones estéticas, que podemos
concluir la existencia de seres humanos en la actual Provincia de Santa Cruz,
Argentina, desde el año 7350 a.C. Además de conocer datos de su vida cotidiana;
que vivían de la caza y la recolección de vegetales silvestres, por ejemplo.
Está
muy claro que el Arte, cómo lo conocemos y cómo lo calificamos dependerá de
nuestro propio punto de vista y de la educación que tengamos respecto a la
diversidad del arte mismo. Por ello entonces, al señalar que una huella
estarcida de colores sobre un muro de rocas es Arte y que pueda o no
representar bien la idea estética y/o ritual de una comunidad que vivió hace
más de 9 mil años, será de responsabilidad nuestra calificarlo como tal y se
deberá a lo que hayamos aprendido sobre esta experiencia, antes de calificarlo
como Arte de las Cavernas, Arte Rupestre o Arte Aborigen, sin aclarar una
diferencia entre los calificativos pero si teniendo una claridad en lo que se está
calificando.
En
conclusión, lo que estamos calificando como arte es la experiencia al ver una manifestación
plástica del deseo ritual de quienes pintaron sus manos sobre el muro y el
techo de la cueva.
Richard
Wollheim ha propuesto la situación de un sujeto en relación con el ambiente. Su
objetivo no es otro que proponer una nueva definición de la asociación entre
sentimientos y paisaje, como paso previo a una nueva concepción de la expresión
artística.
Para
Wollheim, la asociación entre un paisaje y unos sentimientos se debe a que
surge una correspondencia entre ciertas propiedades del objeto externo y los
sentimientos. Para identificar el carácter de esas propiedades, las llama
“propiedades proyectivas”, considerando
que nombran las cualidades del objeto por las que un ser humano proyecta sus
sentimientos en él. Wollheim resume lo siguiente: “La idea, brevemente, es esta:
cuando uno mantiene que una parte de la naturaleza corresponde a un fenómeno
psicológico, esto se debe a que es perceptible como una parte que encaja con
ese estado o algo en lo cual podemos haber proyectado ese estado”.
El
concepto de “propiedades proyectivas” alcanza una definición relevante como
proceso psicológico, pero se hace más interesante cuando Wollheim propone la
argumentación más atractiva de su escrito al aplicar la misma concepción de las
propiedades proyectivas a un ámbito como el del arte, afirmando que, “Mi
concepción fundamental es que una obra de arte expresa una condición interna
correspondiendo o formando parte con ella”.
Las
propiedades proyectivas son los mecanismos que en la obra de arte desencadenan
su potencial expresividad. Lo más interesante, es cuando se dice que éstas se
corresponden con una “condición interna”; con ello se apunta al hecho central
de que lo que expresarían es un hecho psicológico.
Debemos
profundizar en la capacidad de esta concepción para definir la entidad
psicológica del proceso creativo. Del conjunto de experiencias en la creación,
no sólo forman parte las vivencias que el artista tiene fuera del estudio, sino
que importa, sobre todo, la experiencia del artista como tal, de la cual forma
parte su propia psicología como elemento mayormente diferenciador. Por ese
motivo la obra de arte, fundamentalmente, no se limita a reproducir otras
condiciones internas psicológicas presentes en la realidad de la vida, sino que
incluye aquéllas presentes en la realidad de la creación.
Wollheim
está especialmente interesado en señalar que el que las “propiedades
proyectivas” expresen de la mejor manera “la condición interna” implica una
experiencia del artista diferente a aquella que tiene el espectador. Tratando de distinguir muy
claramente la actividad creativa, como un proceso constructivo, de la
experiencia estética del espectador. Ello supone, en primer lugar, que el
espectador de la presente investigación tiene una experiencia estética siempre
menor en complejidad que aquélla del propio artista y, en segundo lugar, que la
intensidad y riqueza de la experiencia estética depende de un acercamiento del
espectador a la realidad de la creación artística.
Lo
valioso entonces, a considerar en esta investigación, sería en cuanto a la
relación y experiencia del espectador entorno
a las formas de la naturaleza. La reflexión estética comienza en el proceso creativo
y termina en la experiencia estética del espectador. Se trata de mantener
vigente una reflexión en torno a las formas esenciales, en un espacio donde el
espectador evaluará la correspondencia de aquellas formas y el mismo espacio.
Lo que aparece aquí es el papel de la conciencia del hecho constructivo. En las
condiciones para alcanzar una experiencia estética, se deben implicar
significativamente el conocimiento de, y la sensibilidad hacia, los procesos de
creación artísticos, con el componente de comprensión racional de esos procesos
y la simultánea sensibilización emocional que va con ella.
Debemos
entonces comprender que a través de esta investigación conoceremos las
características que implica la construcción artística de estas formas
esenciales. La experiencia artística de lo natural exige la presencia de lo
natural, concretamente de los elementos naturales estudiados.
Ante
una “condición interna” como la experiencia estética de la naturaleza, nos
encontramos con la circunstancia de que la tarea del artista es buscar la
correspondencia de las propiedades proyectivas con lo natural, en el sentido de
que lo natural exprese lo natural. Tal como lo expresa Héctor Julio Pérez, “Es
necesario considerar dos tipos distintos de “propiedades proyectivas”, aquellas
que dependen del trabajo del artista y aquellas que no dependen de él, es
decir, las naturales”. Así
pues, podríamos considerar que, aun siendo parte fundamental de la obra
artística, lo principal que exigen las propiedades proyectivas naturales, es la
respuesta inmediata y espontánea de la percepción. Mientras que, para
distinguir las propiedades proyectivas que nacen del trabajo artístico, podemos
considerar el hecho de que su experiencia de la naturaleza depende no solamente
de los materiales que la producen, sino también, de la disposición,
localización y combinación de éstos en la creación artística de un espacio.
Tanto propiedades naturales, como culturales, definen en calidad y cantidad, la
percepción fundamental en la obra artística pero implican operaciones distintas
a la sola percepción.
Una
vez comprendida esta unidad, diremos finalmente que lo necesario para cumplir
los objetivos de esta investigación, será constituir la singularidad de un
lugar natural, una experiencia originaria de la naturaleza. El punto de partida
es la naturaleza y sus formas esenciales, por lo tanto, desde un punto de vista
reflexivo, las características fundamentales en la construcción artística son
las propiedades proyectivas que conducen a experimentar la naturaleza
estéticamente. A continuación, identificaremos las razones esenciales de
proporcionar una experiencia estética de la naturaleza, situándonos ante un
ejemplo que reúne todas las características necesarias.
El
jardín ha sido siempre un espacio ligado a la satisfacción de los deseos. Los
jardines son un espacio de placer basado en la naturaleza.
“En
un primer caso, en los jardines reales que aún frecuentamos, la mano del hombre
interviene con el fin de crear un espacio del placer basado en la naturaleza.
Allí, la acción humana, con sus pretensiones para predisponer en un espacio
todos los elementos que conducen al placer, a veces puede resultar fácilmente
conciliable con el protagonismo de la naturaleza. Esto sucede, evidentemente,
cuando se concibe el jardín a partir de la idea del goce natural
exclusivamente”.
Tal como
sugiere Pérez, “La felicidad procurada por la satisfacción inmediata de los
deseos a través de la abundancia en placeres y la belleza encontró en el jardín
eterno una imagen muy arcaica. Con esa imagen el hombre expresó un ideal casi
espontáneo desde los orígenes de la cultura”.
La
relación entre los placeres y la belleza deriva a un ideal casi espontáneo. Al
situar al espectador frente a una experiencia estética desde las formas
esenciales, se estará en presencia de ciertas cualidades con que la naturaleza
promete la satisfacción de los placeres. La naturaleza como un recurso que
cautiva al espectador, gracias a su capacidad de satisfacer los deseos del ser
humano. Dicho de otra manera, se intentará ofrecer una experiencia esencial
desde las formas propias de la naturaleza, gracias a la construcción artística
del espacio.
Para
llegar a un mayor entendimiento de este proceso, tomaremos como ejemplo la
fotografía de un jardín, que casi puede ser una perfecta imagen de la eternidad
que reina en el paraíso. En la parte inferior podemos ver sombras y plantas que
indican que estamos ante un horizonte natural. Podemos distinguir la presencia
de plantas, árboles y diferentes elementos. La fotografía puede incluso dar
motivos para pensar en la eternidad del paraíso. Permite coexistir al tiempo
del nacimiento y al tiempo de la muerte, nada mejor que los dos momentos que
encierran la vida para congelarla entre ellos, como una columna de hojas
suspendidas, la vida parada que ya no despierta más esperanzas. Y la eternidad
del paraíso también se representa con lo vivo, con lo que paradójicamente tiene
un principio y un fin, como la misma paradoja de que sólo lo que vive o sufre
un tiempo puede desear lo atemporal.
Podemos
advertir en ella la intensificación de aquello que la naturaleza nos ha
ofrecido para construir nuestras ilusiones de placer.
El
efecto que provoca esta imagen es el de una diferencia sutil son lo real, el de
una intensificación, a través del brillo, de la imagen de la vida natural. Se
muestra una abundancia paradisíaca, pero que no supone una cancelación de la
realidad. Nos ofrece la alternativa de
aceptarla en un grado ficticio. La técnica ha hecho posible suplir aquí lo real
por una combinación irreal que, sin embargo, resulta plausible para nuestros
deseos.
Así,
podemos entender, cómo la técnica y el deseo proyectan al espectador hacia un
punto de indiferenciación en donde lo real y lo irreal conviven.
Finalmente,
según el análisis de Héctor Julio Pérez, “el deseo será la base para elaborar
sutiles ficciones de imágenes que recuerdan paraísos naturales nunca vistos:
así, en una fotografía aparecen unas bayas de tamaño enorme y resplandecientes,
que proyectan sus reflejos rojizos entre esqueletos transparentes de flores; en
otra, sobre un fondo verde y amarillento denso, se insinúa algo como un prado
de delicadas margaritas rosáceas, inmerso en un misterioso fondo oscuro de
atmósfera casi submarina, en el que se avistan sombras de otras flores abiertas
y siluetas grises de cardos”.
Todo parece depender de nuestro deseo. El
concepto de jardín ofrece una perspectiva que no es ajena a esto, introduciendo
en el juego estético algunas de las variantes más plausibles. Constituye un
reflejo muy claro de los aspectos de la relación entre hombre y naturaleza más
relevantes y aquella capacidad de que nuestro deseo nos lleve a no distinguir
entre lo natural y lo artificial. Ello responde a la manera en que el hombre se
comporta con el mundo vivo que le rodea; lo negativo pesa mucho más que lo
positivo en los tiempos actuales. Preguntémonos ¿La reflexión en torno a la
naturaleza y una propuesta escultórica de sus formas esenciales, supone un
marco con los elementos suficientes para una reflexión lúcida sobre el tema?
Dependerá si muestra las dificultades surgidas entre los dos elementos
protagonistas que deberían encontrar un equilibrio futuro: deseo y tecnología,
naturaleza y cultura.















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